Charles Favrel
¿Legionario… o testigo uniformado?
Por Louis Perez y Cid
Sin duda, hay dos maneras de unirse a la Legión Extranjera Francesa: pertenecer a ella o vivirla en primera persona.
Al leer *Ci-devant légionnaire* (Exlegionario), surge rápidamente una pregunta: ¿Era Charles Favrel un legionario como cualquier otro, o un hombre que llegó a la Legión buscando una experiencia para vivir… y comprender?
Desde el principio, el propio Favrel ofrece parte de la respuesta. A los 35 años, describe su alistamiento como «un último acto insensato» con el que pretendía culminar una juventud turbulenta. El tono queda marcado: ni grandes discursos heroicos, ni una ruptura dramática con el pasado. Al contrario, una especie de lucidez, casi ironía.
Pero tras esta aparente indiferencia se esconde una intención más profunda. Favrel escribe que quería transformar esta aventura en una «experiencia». Esta palabra es esencial. No se trata solo de vivir, sino de observar, comprender, quizás incluso dar sentido a lo que él percibe como "algo más simple, algo más grande". Llega incluso a evocar una aventura al estilo de Jean Guéhenno, donde hombres, a veces rechazados u olvidados, luchan por mantener su dignidad.
Este proyecto inicial también se nutre de una poderosa imaginería: la del legionario en la "arena ardiente", el campo, los horizontes lejanos y cierto exotismo militar. Como muchos antes que él, Favrel no se une simplemente a una institución, sino a un ideal de la Legión.
Sin embargo, este ideal no resistirá la realidad por mucho tiempo. Al alistarse en 1938, la historia lo alcanza rápidamente. Estalla la guerra y con ella desaparece la Legión tal como la había imaginado. Ni desierto, ni aventuras lejanas; será Europa, el frío, las batallas de una guerra moderna. Este cambio es esencial para comprender su libro. Favrel no experimenta la Legión que buscaba. Él experimenta otra, impuesta por las circunstancias.
Quizás aquí radica el tono tan particular de *Ci-devant légionnaire* (Exlegionario). Favrel participa plenamente en lo que relata; está comprometido, lucha, pero parece no dejar nunca de observar. Su mirada a menudo se mantiene ligeramente distante, atenta más a los hombres que a las hazañas, más a las actitudes que a las proezas bélicas. No busca ni glorificar ni denunciar. Describe.
Esta postura a veces da la impresión de un hombre que está dentro y fuera a la vez. Un legionario por circunstancias, un testigo por postura. Donde otros relatos enfatizan la pertenencia, el espíritu de cuerpo o la transformación personal, Favrel parece mantener una distancia. No una distancia fría o desdeñosa, sino la de un observador, casi la de un reportero.
Esto no es casualidad. Más tarde, este hombre se convertiría en periodista y en un reportero de renombre. Al leerlo, uno podría preguntarse si esta postura no estaba ya presente, de forma embrionaria, en su experiencia como legionario.
Esta posición se hace aún más evidente al compararla con otros relatos de la Legión Extranjera Francesa.
En muchos testimonios, se hace hincapié en la pertenencia, la ruptura con el pasado, la integración en un colectivo, la dureza del entrenamiento y, sobre todo, la transformación del individuo. El legionario se convierte en otra persona, moldeado por la disciplina, el grupo y la dura prueba. La narración suele ser de inmersión total, donde el individuo se desvanece gradualmente tras la institución.
Con Charles Favrel, no ocurre nada parecido. Si bien comparte las mismas condiciones de vida y las mismas limitaciones, nunca parece abandonar por completo su posición de observador. Mientras que otros relatan una fusión con la Legión, Favrel da la impresión de mantener cierta distancia interior.
De igual modo, mientras que algunos relatos enfatizan aventuras exóticas, campañas lejanas o una leyenda cultivada, *Ci-devant légionnaire* destaca por su arraigo en una realidad más brutal, menos acorde con las expectativas: la de una guerra europea, soportada más que elegida.
Finalmente, mientras que muchos testimonios buscan transmitir un espíritu —el de la Legión, sus tradiciones y sus valores—, Favrel parece centrarse principalmente en los hombres mismos. No teoriza, no glorifica, observa.
Es en esta divergencia de los relatos más convencionales donde reside la singularidad de su testimonio.
¿Deberíamos entonces considerarlo un legionario «falso»? La pregunta estaría mal planteada. Favrel sirvió, compartió la experiencia, vivió las mismas limitaciones y los mismos riesgos. Pero lo hizo con una perspectiva particular, que confiere a su relato un tono diferente.
Es precisamente esta singularidad lo que hace que su libro sea tan fascinante. *Exlegionario* no es simplemente una historia sobre la Legión. Es la historia de una desconexión: entre la expectativa y la realidad, entre la imaginación y la historia, entre el compromiso y la forma en que se percibe ese compromiso.
Y quizás por eso aún merece ser leído hoy.
Esta postura a veces da la impresión de un hombre que está dentro y fuera a la vez. Un legionario por circunstancias, un testigo por postura. Donde otros relatos enfatizan la pertenencia, el espíritu de cuerpo o la transformación personal, Favrel parece mantener una distancia. No una distancia fría o desdeñosa, sino la de un observador, casi la de un reportero.
Esto no es casualidad. Más tarde, este hombre se convertiría en periodista y en un reportero de renombre. Al leerlo, uno podría preguntarse si esta postura no estaba ya presente, de forma embrionaria, en su experiencia como legionario.
Esta posición se hace aún más evidente al compararla con otros relatos de la Legión Extranjera Francesa.
En muchos testimonios, se hace hincapié en la pertenencia, la ruptura con el pasado, la integración en un colectivo, la dureza del entrenamiento y, sobre todo, la transformación del individuo. El legionario se convierte en otra persona, moldeado por la disciplina, el grupo y la dura prueba. La narración suele ser de inmersión total, donde el individuo se desvanece gradualmente tras la institución.
Con Charles Favrel, no ocurre nada parecido. Si bien comparte las mismas condiciones de vida y las mismas limitaciones, nunca parece abandonar por completo su posición de observador. Mientras que otros relatan una fusión con la Legión, Favrel da la impresión de mantener cierta distancia interior.
De igual modo, mientras que algunos relatos enfatizan aventuras exóticas, campañas lejanas o una leyenda cultivada, *Ci-devant légionnaire* destaca por su arraigo en una realidad más brutal, menos acorde con las expectativas: la de una guerra europea, soportada más que elegida.
Finalmente, mientras que muchos testimonios buscan transmitir un espíritu —el de la Legión, sus tradiciones y sus valores—, Favrel parece centrarse principalmente en los hombres mismos. No teoriza, no glorifica, observa.
Es en esta divergencia de los relatos más convencionales donde reside la singularidad de su testimonio.
¿Deberíamos entonces considerarlo un legionario «falso»? La pregunta estaría mal planteada. Favrel sirvió, compartió la experiencia, vivió las mismas limitaciones y los mismos riesgos. Pero lo hizo con una perspectiva particular, que confiere a su relato un tono diferente.
Es precisamente esta singularidad lo que hace que su libro sea tan fascinante. *Exlegionario* no es simplemente una historia sobre la Legión. Es la historia de una desconexión: entre la expectativa y la realidad, entre la imaginación y la historia, entre el compromiso y la forma en que se percibe ese compromiso.
Y quizás por eso aún merece ser leído hoy.