EDITO 24
Camerone 2026
Por Louis Perez y Cid
Podría pensarse que una ceremonia se repite, que obedece a un rito fijo, inmutable, casi mecánico. Pero esto solo es cierto para quienes la observan desde la distancia. Desde dentro, Camerone es todo menos una repetición. Es una ruptura en el tiempo, un día que escapa a su propia cronología.
He incluido en este sitio dos textos de oficiales extranjeros. Dos maneras de decir lo mismo sin llegar a converger del todo. Uno, de Antoine Marquet, se detiene en los signos, en las figuras destacadas, en la forma en que una institución narra su propia historia.
El otro, de Jean Marie Dieuze, habla del silencio, de esa extraña suspensión donde la Legión se reconoce tanto en sus muertos como en sus vivos. Dos escritos, dos distancias, y sin embargo el mismo intento: comprender lo que, cada año, regresa sin permitirse jamás ser confinado.
Pero hay momentos en que el análisis simplemente no basta.
Para mí, Camerone 2026 tuvo una intensidad particular. Primero, se produjo una convergencia de vidas. En otros periodos de servicio, me había cruzado con el general Thierry Burkhard, así como con los suboficiales Jörgen Madsen y Luigi Da Pont.
Hombres a quienes había conocido a lo largo de los años, en distintos contextos, pero que, ese día, parecían unidos por algo más antiguo que nuestras carreras. Como si la memoria militar supiera reconocer sus propios fragmentos y unirlos sin esfuerzo.
Luego estaba la música. La «Sarabanda de Haydn» comenzó a sonar antes de que el capitán Danjou alzara la mano. No sé por qué esta música siempre me afecta de la misma manera. Tiene algo crudo, profundo, casi implacable. Ese día, me sorprendió tanto como me conmovió. Ya no era solo música; se convirtió en la esencia misma del tiempo.
Y cuando vi aparecer la mano, acompañada por su procesión de pioneros, ascendiendo lentamente por el sendero sagrado, sucedió algo que las palabras no alcanzan a describir. El tiempo no se detuvo. Se retiró. Como si se borrara para dar paso a algo más, algo más antiguo, algo más silencioso. Me puse las gafas de sol sin pensarlo, no para protegerme del sol, sino para contener lo que no quería mostrar.
Hay emociones que no piden ser compartidas. Solo piden no ser traicionadas. Fue entonces cuando pensé, sin ponerlo en palabras, en cierta idea de estar presente en el mundo, esa forma de mirar la belleza y el dolor sin intentar justificarlos, sin resolverlos. Simplemente acogiéndolos, en su cruda obviedad.
Después de la ceremonia, comenzó otra época.
Conocí al coronel Cormenier. Habíamos servido juntos en la Guayana Francesa en el 83 y el 84, con el 3.er Regimiento de Infantería Extranjera (3e REI). Él era teniente, jefe de la unidad forestal, la Selva. Una fuerza de la naturaleza, una energía casi animal en su carácter exigente.
Yo, suboficial, era su segundo. Compartimos esos campos de entrenamiento donde todo era difícil: el calor, el barro, el cansancio, y donde lo que estaba en juego siempre era más importante de lo que parecía. El CEFE (Centro de Entrenamiento Forestal), el CCF (Centro de Entrenamiento Forestal), las instalaciones improvisadas, los días interminables.
Y esa competencia invisible entre la unidad forestal de la Legión y la unidad de Infantería de Marina, para determinar quién albergaría el futuro curso nacional de entrenamiento forestal ecuatorial. Una rivalidad que hablaba menos de oposición que de una obsesión compartida por la excelencia. Finalmente, fueron nuestros sucesores quienes obtuvieron este título, establecido posteriormente en Régina.
No lo había visto desde 1993, en Fort Nogent. Ya era teniente coronel del 1.er Regimiento de Infantería (1er RI). Siempre con esa misma determinación en la mirada, ese impulso hacia adelante, como si nada pudiera detenerlo.
Y entonces la vida siguió su curso. Un derrame cerebral. La ruptura. El cuerpo traicionado. La historia se desarrolló de manera diferente. Volver a encontrarme con él en Aubagne, gracias a la CBA de Gravereau, fue una experiencia surrealista. Su cuerpo había cambiado, pero él seguía igual. Su mirada permanecía inalterable, penetrante, casi desafiante. Me regaló una acuarela enmarcada, un legionario en la Selva. Y detrás, los apodos de nuestros legionarios: Yé Yé, el macedonio, Rambo, Zorba el griego, Rasmus.
No es un objeto. Es un recuerdo imborrable, ofrecido como un testimonio silencioso de que nada se ha perdido.
Hablamos solo unos minutos. Luego, Camerone, como siempre, volvió a apoderarse de nosotros. Las llamadas, los encuentros, el ir y venir de la gente. Habíamos planeado vernos más tarde, en un rincón de la feria. No se dio.
Lo que queda es una simple pena, no dramática, pero persistente. La pena por las cosas interrumpidas por la vida misma, no por la voluntad.
Eso es Camerone: una gran misa sin un mañana garantizado, donde los vivos se cruzan como si se reconocieran sin decirlo explícitamente.
Un día que se reúne y se dispersa en un mismo movimiento.
Y cuando todo termina, no hay ni valoración ni conclusión.
Solo queda este silencio una atmósfera singular, algo densa, algo fría, en la que uno comprende que las cosas más importantes no se pueden describir.
Desaparecen, pero permanecen contigo.