Eutanasia
Sin duda, nuestro amigo Antoine no ha dejado de sorprendernos. Sabe expresar y compartir sus convicciones más profundas. Hoy comparte sus reflexiones sobre un tema candente: la elección de cómo poner fin a la vida, un debate crucial que, dado el ritmo vertiginoso de los acontecimientos, pronto podría imponérsenos sin un consenso real.
Más allá de cualquier consideración política, que no tiene cabida en nuestra página web, esta cuestión nos concierne a todos, y especialmente a nuestros mayores, dondequiera que se encuentren, así como a los residentes de las residencias de ancianos. Ellos depositan su confianza en quienes han elegido acompañarlos con fidelidad, dignidad y humanidad, sin abandonarlos jamás.
Gracias, Antoine, por esta reflexión tan profunda y valiente. Ilumina una verdad que no siempre es fácil de expresar sin generar polémica. Queda una pregunta: si se aprobara esta ley sobre cuidados al final de la vida, algunos temen que allanaría gradualmente el camino hacia una sociedad donde criterios como la edad, la dependencia o la discapacidad podrían influir algún día en el valor que se le otorga a una vida. Esta perspectiva, preocupante para muchos, evoca el riesgo de una lógica fría, administrativa o tecnológica, donde las decisiones más esenciales se confiarían a una racionalidad puramente matemática, mecánica o artificial.
Les invitamos a descubrir este artículo titulado: «Ser o no ser».
Christian Morisot
SER O NO SER
Dedicado a mi amigo Charles Morlais, Cabo Rompedor de Pompón*.
Por Antoine Marquet
El sueño de Hamlet y la ilusión del progreso: Meditación sobre el ser humano desechable
En su famoso soliloquio, Hamlet suspende sus acciones ante el vértigo de la existencia: «Ser o no ser». El príncipe de Dinamarca sabía que la muerte no es una solución técnica, sino la entrada en un sueño desconocido que compromete la responsabilidad del alma. Al prepararse para votar definitivamente la ley que autoriza el suicidio asistido y la eutanasia, nuestra sociedad pretende resolver el enigma del sufrimiento mediante un protocolo de administración letal. Este es el acto final de una triste pantomima contemporánea, donde la dignidad se confunde con la utilidad. Una apariencia de progreso que, en realidad, oculta una grave falla ética.
Esta transición marca una ruptura metafísica. En 1981, Francia abolió la pena de muerte, estableciendo el principio absoluto de que ninguna autoridad podía disponer de una vida humana. Cuarenta y cinco años después, este baluarte se desmorona. El gobierno actual, paradójicamente, está restableciendo el control técnico de la muerte a través del sistema médico.
Estamos presenciando la culminación de una lenta erosión de los valores fundamentales, de cambios semánticos y de sucesivas traiciones. Simone Veil concibió el aborto como un último recurso en casos de sufrimiento extremo, una visión que desde entonces se ha distorsionado. Los defensores del PACS juraron excluir el matrimonio entre personas del mismo sexo, pero allanaron el camino para su creación.
La gestación subrogada está experimentando el mismo proceso de normalización. Quienes tienen los medios y el deseo recurren a la gestación subrogada en el extranjero, confiando en que los jueces no podrán dejar a los niños sin patria. La ética ya no evoluciona; se adapta a los caprichos de la conveniencia política. En el centro de esta ruptura reside el destino de la medicina.
Al transformar al médico o enfermero en un dispensador de la muerte, la ley quebranta el antiguo juramento hipocrático. El cuidador ya no es quien cura o alivia el sufrimiento, sino quien se convierte en el ejecutor de la muerte. Ciertamente, el poder legislativo intentó calmar su conciencia al aprobar la ley del 26 de mayo de 2026 sobre cuidados paliativos, que consagra el principio de apoyo y asistencia temprana a los seres queridos.
Pero la introducción simultánea de la muerte asistida vacía esta promesa de su sustancia espiritual. La sedación profunda que proporcionaba la ley Claeys-Leonetti permitía a los cuidadores extinguir el sufrimiento y dejar que la vida se desvaneciera; la eutanasia, en cambio, requiere un acto deliberado que pone fin a la vida. Para el personal médico, la objeción de conciencia se convierte en el último baluarte contra una misión que traiciona la esencia misma de su vocación: curar.
Aquí nos encontramos con la paradoja moral de nuestro siglo. Nuestra época santifica la materia inanimada: debemos reparar, reciclar y conservar la ropa y otros objetos para preservar nuestro medio ambiente. Pero, por una trágica inversión, el ser humano que sufre escapa a esta exigencia de cuidado. Una vez que deja de ser productivo, una vez que sufre la degradación de la enfermedad, se le percibe como un objeto obsoleto, un producto de consumo que debe desecharse.
La profesión médica, históricamente garante de la protección de los más vulnerables, se ve obligada a gestionar esta obsolescencia. Al negarse a habitar el tiempo de la vulnerabilidad, nuestra civilización transforma el lecho de muerte en un vertedero. Pensemos en la cumbre la mirada de Hamlet, y recordemos que un ser humano no puede ser reciclado, no puede ser desechado: se le cuida, y quienes cuidan son los guardianes de esta humanidad, no los artífices de la muerte.
* Canción de J. Brel
Por Antoine Marquet
El sueño de Hamlet y la ilusión del progreso: Meditación sobre el ser humano desechable
En su famoso soliloquio, Hamlet suspende sus acciones ante el vértigo de la existencia: «Ser o no ser». El príncipe de Dinamarca sabía que la muerte no es una solución técnica, sino la entrada en un sueño desconocido que compromete la responsabilidad del alma. Al prepararse para votar definitivamente la ley que autoriza el suicidio asistido y la eutanasia, nuestra sociedad pretende resolver el enigma del sufrimiento mediante un protocolo de administración letal. Este es el acto final de una triste pantomima contemporánea, donde la dignidad se confunde con la utilidad. Una apariencia de progreso que, en realidad, oculta una grave falla ética.
Esta transición marca una ruptura metafísica. En 1981, Francia abolió la pena de muerte, estableciendo el principio absoluto de que ninguna autoridad podía disponer de una vida humana. Cuarenta y cinco años después, este baluarte se desmorona. El gobierno actual, paradójicamente, está restableciendo el control técnico de la muerte a través del sistema médico.
Estamos presenciando la culminación de una lenta erosión de los valores fundamentales, de cambios semánticos y de sucesivas traiciones. Simone Veil concibió el aborto como un último recurso en casos de sufrimiento extremo, una visión que desde entonces se ha distorsionado. Los defensores del PACS juraron excluir el matrimonio entre personas del mismo sexo, pero allanaron el camino para su creación.
La gestación subrogada está experimentando el mismo proceso de normalización. Quienes tienen los medios y el deseo recurren a la gestación subrogada en el extranjero, confiando en que los jueces no podrán dejar a los niños sin patria. La ética ya no evoluciona; se adapta a los caprichos de la conveniencia política. En el centro de esta ruptura reside el destino de la medicina.
Al transformar al médico o enfermero en un dispensador de la muerte, la ley quebranta el antiguo juramento hipocrático. El cuidador ya no es quien cura o alivia el sufrimiento, sino quien se convierte en el ejecutor de la muerte. Ciertamente, el poder legislativo intentó calmar su conciencia al aprobar la ley del 26 de mayo de 2026 sobre cuidados paliativos, que consagra el principio de apoyo y asistencia temprana a los seres queridos.
Pero la introducción simultánea de la muerte asistida vacía esta promesa de su sustancia espiritual. La sedación profunda que proporcionaba la ley Claeys-Leonetti permitía a los cuidadores extinguir el sufrimiento y dejar que la vida se desvaneciera; la eutanasia, en cambio, requiere un acto deliberado que pone fin a la vida. Para el personal médico, la objeción de conciencia se convierte en el último baluarte contra una misión que traiciona la esencia misma de su vocación: curar.
Aquí nos encontramos con la paradoja moral de nuestro siglo. Nuestra época santifica la materia inanimada: debemos reparar, reciclar y conservar la ropa y otros objetos para preservar nuestro medio ambiente. Pero, por una trágica inversión, el ser humano que sufre escapa a esta exigencia de cuidado. Una vez que deja de ser productivo, una vez que sufre la degradación de la enfermedad, se le percibe como un objeto obsoleto, un producto de consumo que debe desecharse.
La profesión médica, históricamente garante de la protección de los más vulnerables, se ve obligada a gestionar esta obsolescencia. Al negarse a habitar el tiempo de la vulnerabilidad, nuestra civilización transforma el lecho de muerte en un vertedero. Pensemos en la cumbre la mirada de Hamlet, y recordemos que un ser humano no puede ser reciclado, no puede ser desechado: se le cuida, y quienes cuidan son los guardianes de esta humanidad, no los artífices de la muerte.
* Canción de J. Brel