EDITO 27
Patriotismo francés,
1/3 Comprensión
Trilogía, de Louis Pérez y Cid
Extranjero y aún estudiante, llevaba apenas un año en Francia cuando estalló mayo de 1968. En París y luego en Estrasburgo, descubrí un país intensamente politizado, donde las palabras «izquierda» y «derecha» se repetían como un enigma sin solución.
Observé esta convulsión con una sutil ironía. Solo más tarde comprendí que, incluso en medio de la disputa, se revelaba algo sobre el apego al país.
Extranjero y aún estudiante, llevaba apenas un año en Francia cuando estalló mayo de 1968. En París y luego en Estrasburgo, descubrí un país intensamente politizado, donde las palabras «izquierda» y «derecha» se repetían como un enigma sin solución.
Observé esta convulsión con una sutil ironía. Solo más tarde comprendí que, incluso en medio de la disputa, se revelaba algo sobre el apego al país.
La Ruptura
Mayo del 68 trascendió Francia, pero no se limitó a ella. En todas partes, una generación más numerosa y mejor educada desafió las formas de autoridad: el Estado, la universidad, la familia. Y, en una sutil paradoja, fue también la prosperidad la que hizo posible este desafío; uno duda más cuando goza de una mejor situación económica.
En Francia, sin embargo, la crisis adquirió una intensidad particular. Universidades superpobladas, una sociedad aún rígida, profundas tensiones sociales: el escenario estaba preparado. Y, sobre todo, se produjo un acontecimiento insólito: el encuentro entre estudiantes y obreros, que paralizó al país.
Nada estaba dirigido, nada estaba centralizado. Mayo del 68 no fue ni un contagio ni una imitación; fue una convergencia.
En Francia, sin embargo, la crisis adquirió una intensidad particular. Universidades superpobladas, una sociedad aún rígida, profundas tensiones sociales: el escenario estaba preparado. Y, sobre todo, se produjo un acontecimiento insólito: el encuentro entre estudiantes y obreros, que paralizó al país.
Nada estaba dirigido, nada estaba centralizado. Mayo del 68 no fue ni un contagio ni una imitación; fue una convergencia.
Un patriotismo transformado
El patriotismo francés no desapareció tras 1968. Cambió de forma.
Durante mucho tiempo condicionado por las escuelas, el idioma y el servicio militar obligatorio, casi se daba por sentado. Se volvió más discreto, más crítico, a veces incómodo.
Porque en Francia, el apego a la patria también implica cuestionarla. Desconfianza en el Estado, gusto por el debate, una memoria a veces dividida: el patriotismo ya no se expresa únicamente a través de la unidad, sino también a través del diálogo.
Una paradoja francesa: este país, que ha hecho del patriotismo una fuerza unificadora, es también el que más lo cuestiona, no por debilidad, sino por fidelidad a un principio arraigado: nunca adherirse sin examinar.
Durante mucho tiempo condicionado por las escuelas, el idioma y el servicio militar obligatorio, casi se daba por sentado. Se volvió más discreto, más crítico, a veces incómodo.
Porque en Francia, el apego a la patria también implica cuestionarla. Desconfianza en el Estado, gusto por el debate, una memoria a veces dividida: el patriotismo ya no se expresa únicamente a través de la unidad, sino también a través del diálogo.
Una paradoja francesa: este país, que ha hecho del patriotismo una fuerza unificadora, es también el que más lo cuestiona, no por debilidad, sino por fidelidad a un principio arraigado: nunca adherirse sin examinar.
Una larga historia
Este cambio no comenzó en 1968. Forma parte de una historia en la que el patriotismo se basa menos en la emoción que en una idea.
Desde la Revolución, amar a la patria ha significado, ante todo, adherirse a principios: libertad, igualdad y soberanía. La Tercera República los estableció como un marco común, promovido por las escuelas y reforzado por las guerras.
Pero este modelo se sustentaba en una autoridad aceptada. Fue este fundamento el que se hizo añicos en mayo del 68.
A partir de entonces, el patriotismo cambió. Ya no se transmite, se construye. Ya no se da por sentado, se convierte en una cuestión de reflexión.
Desde la Revolución, amar a la patria ha significado, ante todo, adherirse a principios: libertad, igualdad y soberanía. La Tercera República los estableció como un marco común, promovido por las escuelas y reforzado por las guerras.
Pero este modelo se sustentaba en una autoridad aceptada. Fue este fundamento el que se hizo añicos en mayo del 68.
A partir de entonces, el patriotismo cambió. Ya no se transmite, se construye. Ya no se da por sentado, se convierte en una cuestión de reflexión.
¿Qué tipo de patriotismo para el futuro?
Hoy, su transmisión es menos segura. La narrativa compartida se desvanece y los puntos de referencia se cuestionan.
Al mismo tiempo, el mundo nos recuerda su presencia: la guerra en Europa, las tensiones internacionales, las preguntas sobre soberanía, fronteras e integración. La misma pregunta se repite, más directa: ¿qué nos une todavía?
La fragilidad, sin duda. Pero también existe la posibilidad, la posibilidad de reconstruir un patriotismo más elegido que heredado, siempre que redescubramos una narrativa clara y un deseo compartido.
Un país que ya no sabe lo que es aún puede perdurar,
pero ya no sabe adónde va.
Al mismo tiempo, el mundo nos recuerda su presencia: la guerra en Europa, las tensiones internacionales, las preguntas sobre soberanía, fronteras e integración. La misma pregunta se repite, más directa: ¿qué nos une todavía?
La fragilidad, sin duda. Pero también existe la posibilidad, la posibilidad de reconstruir un patriotismo más elegido que heredado, siempre que redescubramos una narrativa clara y un deseo compartido.
Un país que ya no sabe lo que es aún puede perdurar,
pero ya no sabe adónde va.