Carta desde mi jardín 10
Cuando el metro vuelve a ser humano
Hace poco, viajé en el metro de París. Tuve la clara impresión de que todos en los vagones se ignoraban, evitaban el contacto visual y reinaba el silencio, salvo, a menudo, por grupos ruidosos que claramente intentaban molestar a los demás pasajeros.
Durante una parada, una mujer de edad indeterminada, acompañada de un equipo de sonido portátil, entró en el vagón.
Lo primero que pensé fue: «¡Va a arruinarme el viaje aún más!». Me refugié tras mi periódico. Todos a mi alrededor mostraban la misma actitud: algunos absortos en sus libros, otros pegados a sus iPods u otros dispositivos. Fue en este ambiente hostil que la mujer comenzó a cantar a capela, sin música, acompañada únicamente por su amplificador.
De repente, ocurrió la magia. Su voz era hermosa y ronca, un gemido. La letra evoca un campo de batalla, no una canción de guerra, sino una tristeza infinita, el canto de los muertos que se alzan de un osario para estallar en un llamado a la vida, un himno a la alegría, un canto de los vivos.
Dentro del vagón, sucede algo extraño: todas las miradas se fijan en la mujer. Se quitan los auriculares, se guardan los móviles, se cierran los libros. Una mujer, en un rincón apartado, llora en silencio, sus lágrimas fluyen libremente, sin vergüenza.
Antes de marcharse, sin rogar, la cantante le habla y le acaricia la mejilla; un hada acaba de pasar… ¡Cuánta humanidad hay en este intercambio!
Sin duda me estoy volviendo sensible, y este «incidente» me hace pensar que no todo está perdido a pesar de las máquinas de lavado de cerebro, la histeria mediática y la cacofonía que nos abruma. Una canción, una simple canción interpretada magistralmente por un ángel, nos devuelve la humanidad.
¿Qué pasó?
¡Una lección, sin duda! ¡Me alegra compartirla!
De repente, ocurrió la magia. Su voz era hermosa y ronca, un gemido. La letra evoca un campo de batalla, no una canción de guerra, sino una tristeza infinita, el canto de los muertos que se alzan de un osario para estallar en un llamado a la vida, un himno a la alegría, un canto de los vivos.
Dentro del vagón, sucede algo extraño: todas las miradas se fijan en la mujer. Se quitan los auriculares, se guardan los móviles, se cierran los libros. Una mujer, en un rincón apartado, llora en silencio, sus lágrimas fluyen libremente, sin vergüenza.
Antes de marcharse, sin rogar, la cantante le habla y le acaricia la mejilla; un hada acaba de pasar… ¡Cuánta humanidad hay en este intercambio!
Sin duda me estoy volviendo sensible, y este «incidente» me hace pensar que no todo está perdido a pesar de las máquinas de lavado de cerebro, la histeria mediática y la cacofonía que nos abruma. Una canción, una simple canción interpretada magistralmente por un ángel, nos devuelve la humanidad.
¿Qué pasó?
¡Una lección, sin duda! ¡Me alegra compartirla!
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