Oriente Medio 2/3
El fin del califato en 1924
y sus consecuencias políticas en el mundo musulmán
Por Louis Pérez y Cid
Dentro de este marco de "iluminar los acontecimientos actuales a través de la historia", la desaparición del califato constituye un punto de inflexión crucial, a menudo malinterpretado en Occidente.
El día en que desapareció un centro
El 3 de marzo de 1924, en Ankara, se tomó una decisión en un silencio casi cotidiano.
Sin guerra. Sin revolución visible. Sin multitudes.
Y, sin embargo, ese día, Mustafa Kemal Atatürk puso fin a una institución con casi trece siglos de antigüedad: el califato.
En Europa, el acontecimiento pasó casi desapercibido.
En el mundo musulmán, dejó una huella más profunda, más difusa, menos visible de inmediato. Porque lo que desapareció no fue simplemente una función.
Fue un centro.
Un punto de referencia, imperfecto, disputado, a menudo debilitado, pero existente al fin y al cabo. Cuando un centro desaparece, no solo se tambalean las instituciones.
Se ve afectado el equilibrio de poder.
Sin guerra. Sin revolución visible. Sin multitudes.
Y, sin embargo, ese día, Mustafa Kemal Atatürk puso fin a una institución con casi trece siglos de antigüedad: el califato.
En Europa, el acontecimiento pasó casi desapercibido.
En el mundo musulmán, dejó una huella más profunda, más difusa, menos visible de inmediato. Porque lo que desapareció no fue simplemente una función.
Fue un centro.
Un punto de referencia, imperfecto, disputado, a menudo debilitado, pero existente al fin y al cabo. Cuando un centro desaparece, no solo se tambalean las instituciones.
Se ve afectado el equilibrio de poder.
Un legado ancestral, una autoridad frágil.
El califato surgió en el siglo VII, tras la muerte del Profeta. El califa no es un guía espiritual en el sentido estricto, sino un líder político encargado de garantizar la unidad de la Ummah, la comunidad de creyentes.
A lo largo de los siglos, esta unidad se fue fracturando. Varios califatos coexistieron, compitiendo por la legitimidad, a veces incluso enfrentándose entre sí.
A partir del siglo XVI, el Imperio Otomano se consolidó como el principal poseedor de este título. Desde Estambul, el sultán encarnaba tanto la autoridad política como una forma de autoridad religiosa.
Este poder era imperfecto; no lo controlaba todo, ni unificó verdaderamente el mundo musulmán.
Pero existía. Y a veces, en la historia, el mero hecho de que algo exista basta para moldear las mentes.
La ruptura de Atatürk
Tras la derrota del Imperio Otomano en la Primera Guerra Mundial, todo se volvió posible, incluso una ruptura total.
Mustafa Kemal Atatürk quería construir un Estado moderno y nacional, orientado hacia Europa. Para ello, necesitaba romper con el antiguo orden. El califato, según esta lógica, pertenecía al pasado.
El 3 de marzo de 1924, fue abolido. El acto fue claro e inequívoco. Lo que había perdurado durante siglos desapareció con un decreto. Por primera vez desde el siglo VII, ya no existía ninguna autoridad, ni siquiera simbólica, que pretendiera encarnar la unidad política del mundo musulmán sunita.
La Ummah se quedó sin centro.
Mustafa Kemal Atatürk quería construir un Estado moderno y nacional, orientado hacia Europa. Para ello, necesitaba romper con el antiguo orden. El califato, según esta lógica, pertenecía al pasado.
El 3 de marzo de 1924, fue abolido. El acto fue claro e inequívoco. Lo que había perdurado durante siglos desapareció con un decreto. Por primera vez desde el siglo VII, ya no existía ninguna autoridad, ni siquiera simbólica, que pretendiera encarnar la unidad política del mundo musulmán sunita.
La Ummah se quedó sin centro.
El vacío
Lo que siguió no fue inmediatamente visible. No hubo un colapso repentino ni un caos generalizado. Pero algo se afianzó: un vacío. Un vacío político: el mundo musulmán entró en la era de los Estados-nación —Turquía, Irak, Siria, Arabia Saudí— cada uno persiguiendo sus propios intereses.
Un vacío aún más profundo: nadie puede pretender hablar en nombre de todos.
Y cuando nadie habla por todos, cada uno empieza a hablar por sí mismo.
Un vacío aún más profundo: nadie puede pretender hablar en nombre de todos.
Y cuando nadie habla por todos, cada uno empieza a hablar por sí mismo.
Intentos y Fracturas
A lo largo del siglo XX, este vacío no permaneció inactivo. Algunos intentaron llenarlo mediante el nacionalismo, la religión y proyectos transnacionales.
Pero ninguno de estos intentos logró recrear un centro reconocido.
Al contrario, la fragmentación se intensificó, las rivalidades se multiplicaron y las interpretaciones divergieron. Los conflictos se volvieron más difíciles de contener.
Más recientemente, grupos como el Estado Islámico han intentado restablecer un califato por la fuerza, prueba de que la idea nunca ha desaparecido por completo.
Pero estos intentos solo han confirmado una realidad más profunda:
un centro no puede ser decretado.
Pero ninguno de estos intentos logró recrear un centro reconocido.
Al contrario, la fragmentación se intensificó, las rivalidades se multiplicaron y las interpretaciones divergieron. Los conflictos se volvieron más difíciles de contener.
Más recientemente, grupos como el Estado Islámico han intentado restablecer un califato por la fuerza, prueba de que la idea nunca ha desaparecido por completo.
Pero estos intentos solo han confirmado una realidad más profunda:
un centro no puede ser decretado.
Conexión con el Oriente Medio Contemporáneo
Aquí es donde esta historia se cruza directamente con la del Oriente Medio moderno.
Cuando las potencias europeas redibujaron la región tras la caída del Imperio Otomano —mediante acuerdos, mandatos y fronteras— intervinieron en un espacio ya de por sí frágil.
Por un lado, un orden imperial acababa de desaparecer. Por otro, ninguna autoridad central lo había sustituido. Los nuevos estados —Irak, Siria, Líbano— se construyeron sin un marco común, sin un árbitro reconocido, sin un centro.
En otras palabras, se trazaron fronteras, pero no se estableció el equilibrio de poder.
Cuando las potencias europeas redibujaron la región tras la caída del Imperio Otomano —mediante acuerdos, mandatos y fronteras— intervinieron en un espacio ya de por sí frágil.
Por un lado, un orden imperial acababa de desaparecer. Por otro, ninguna autoridad central lo había sustituido. Los nuevos estados —Irak, Siria, Líbano— se construyeron sin un marco común, sin un árbitro reconocido, sin un centro.
En otras palabras, se trazaron fronteras, pero no se estableció el equilibrio de poder.
¿Qué falta?
La abolición del califato no solo eliminó una institución, sino que dejó un vacío.
Un siglo después, existen estados, se enfrentan ejércitos, se forman y se disuelven alianzas. Pero tras estos movimientos visibles, persiste una pregunta silenciosa:
¿Dónde está el centro?
Porque en política, como en estrategia, no todo depende únicamente de la fuerza o las fronteras. Depende también de lo que organiza, lo que conecta, lo que da dirección. Y cuando nada desempeña este papel, cuando todo está disperso, fragmentado y competitivo, entonces los conflictos no encuentran un punto de contención. Cambian, se extienden y perduran.
Y en algunas regiones del mundo, no solo las guerras hacen la historia,
sino también las ausencias.
Un siglo después, existen estados, se enfrentan ejércitos, se forman y se disuelven alianzas. Pero tras estos movimientos visibles, persiste una pregunta silenciosa:
¿Dónde está el centro?
Porque en política, como en estrategia, no todo depende únicamente de la fuerza o las fronteras. Depende también de lo que organiza, lo que conecta, lo que da dirección. Y cuando nada desempeña este papel, cuando todo está disperso, fragmentado y competitivo, entonces los conflictos no encuentran un punto de contención. Cambian, se extienden y perduran.
Y en algunas regiones del mundo, no solo las guerras hacen la historia,
sino también las ausencias.