EDITO 23
Obediencia: ¿Hasta dónde puede llegar?
Por Louis Perez y Cid
Nos gusta creer que los verdugos son monstruos.
Seres aparte, desviados, reconocibles. Esta idea es tranquilizadora. Traza una clara línea entre el bien y el mal, entre «ellos» y «nosotros». Sobre todo, nos permite evitar cuestionar demasiado las cosas.
El trabajo de Stanley Milgram destrozó esta ilusión.
En la década de 1960, Milgram realizó un experimento sencillo. Un hombre común debía administrar descargas eléctricas a un desconocido cada vez que este cometía un error. Las descargas aumentaron. También las protestas. Luego, el silencio.
En la habitación, una figura de autoridad, tranquila y legítima, insistió: «Continúen».
La mayoría obedeció.
No por crueldad. No por odio. Sino porque se había establecido un marco, se había instaurado una jerarquía, se había dado una orden.
Lo que Milgram revela evoca, de otra forma, la intuición de Hannah Arendt: el mal no siempre surge de la violencia de las pasiones, sino de la anulación de la conciencia en aras de la función.
Ya no se actúa, sino que se ejecuta.
El cine ha plasmado este mecanismo con gran fuerza. En «La confesión», Yves Montand interpreta a un hombre aplastado por una maquinaria política que le exige confesar delitos que no cometió. No es Milgram, pero sí un eco de él: una autoridad que se impone, una verdad que se disuelve y un individuo que, en última instancia, cede, no solo ante la coerción física, sino ante el peso del sistema.
Nada en estas situaciones es espectacular. Todo es gradual. Una instrucción. Luego otra. Una pequeña concesión. Luego una segunda. Hasta el momento en que resulta más difícil detenerse que continuar.
Sin embargo, sería erróneo concluir que la obediencia es inherentemente peligrosa.
En cualquier ejército, es una necesidad vital. Fomenta la cohesión, la maniobrabilidad y la eficacia en combate. En la Legión, más que en ningún otro lugar, es un fundamento. Es innegociable.
Pero no es ciega.
Porque la disciplina solo tiene sentido si se basa en algo más sólido que ella misma, un imperativo interno, una forma de lealtad a aquello que no se puede delegar.
El honor, precisamente.
Ahí radica la línea divisoria.
Entre obedecer y someterse.
Entre servir y aniquilar.
Entre cumplir una orden y renunciar a la responsabilidad que conlleva.
Los experimentos de Stanley Milgram no afirman que el hombre sea débil. Afirman que puede llegar a serlo si renuncia a esa fuerza interior que le permite, algún día, decir no.
Y quizás esa, en última instancia, sea la verdadera prueba.
No si uno es capaz de obedecer.
Sino saber cuándo parar.
Porque un soldado puede recibir una orden.
Pero nunca se libra de su conciencia.