EDITO 22
Cuando la humillación se convierte en motor
Por Louis Pérez y Cid
Desde Hannah Arendt hasta Stanley Milgram, sabemos que las circunstancias pueden empujar a la violencia a la gente común. Con Ervin Staub, emerge otra realidad: no son solo las órdenes o los sistemas los que conducen a la violencia, sino la lenta acumulación de heridas, humillaciones e injusticias. Donde se rompen los lazos sociales, el radicalismo encuentra terreno fértil.
No hay un misterio sencillo. La violencia no surge espontáneamente. Solo existen trayectorias.
La pobreza persistente, el confinamiento físico o mental, los traumas repetidos, la sensación de injusticia: estos factores no producen perpetradores mecánicamente, pero crean vulnerabilidades. Y estas vulnerabilidades, cuando no encuentran estructura, ni reconocimiento, ni una salida, pueden transformarse en ira, y luego en odio.
La obra de Ervin Staub es inequívoca: la violencia colectiva rara vez surge de un solo impacto. Tiene sus raíces en una acumulación. Una lenta sedimentación de frustraciones, heridas sin cicatrizar y narrativas de victimización que, en última instancia, estructuran una cosmovisión. En esta etapa, la violencia ya no se percibe como una desviación, sino como una respuesta.
Aquí es donde se produce el punto de inflexión. Cuando el individuo deja de verse como dueño de su propio destino y se convierte en víctima perpetua de un orden injusto. Cuando la humillación se convierte en identidad. Cuando el otro deja de ser un ser humano y se convierte en alguien responsable. Entonces, la lógica de la venganza se impone, casi de forma natural.
Las generaciones más jóvenes están particularmente expuestas a este fenómeno. No porque sean inherentemente más violentas, sino porque son más susceptibles a estas acumulaciones cuando no existe un marco estructurante que las contenga. En estos vacíos, florece la retórica radical, que ofrece una explicación sencilla, un enemigo designado y, sobre todo, una promesa de rehabilitación.
Pero seamos claros: comprender no justifica.
Nombrar las causas no borra la responsabilidad. Negarse a ver estos mecanismos, por otro lado, es impedir la propia acción. Porque la radicalización no surge de la nada; crece donde se deja el terreno desatendido.
Una sociedad que tolera la humillación, que trivializa la injusticia percibida, que permite que las frustraciones se acumulen sin salida, está preparando sus propias fracturas. Está creando las condiciones para aquello que luego dirá combatir.
Por lo tanto, la respuesta no puede basarse únicamente en la seguridad. Debe ser también moral, social y política. Debe restaurar la esperanza, restablecer el sentido de la justicia y reconstruir las conexiones y la estructura. No por ingenuidad, sino por lucidez.
Pero este mecanismo no se limita a sociedades frágiles o fragmentadas. A escala nacional, las heridas acumuladas también se convierten en narrativas poderosas. Algunos Estados las cultivan, las estructuran, las enseñan. Transforman la memoria de la humillación en una fuerza motriz política. China, por ejemplo, nunca ha dejado de recordar el «siglo de la gran humillación». Esta narrativa no es meramente histórica; es estratégica.
Une, legitima, proyecta. Y, sobre todo, traza una línea clara: nunca más.
Aquí, de nuevo, la clave no es juzgar, sino comprender. Entre una sociedad que permite que las fracturas se acumulen sin una narrativa compartida y un Estado que canaliza sus heridas para alimentar su poder, la diferencia es evidente. En un caso, la ira se disipa. En el otro, se transforma en fuerza de voluntad.
Las humillaciones nunca desaparecen del todo. Se acumulan, se cuentan y se transmiten. Pero llega un punto en que dejan de ser una carga; se convierten en fortaleza.
Pueden fracturar sociedades… o alimentar poderes.
Todo depende de lo que se decida hacer con ellas.
Desde Hannah Arendt hasta Stanley Milgram, sabemos que las circunstancias pueden empujar a la violencia a la gente común. Con Ervin Staub, emerge otra realidad: no son solo las órdenes o los sistemas los que conducen a la violencia, sino la lenta acumulación de heridas, humillaciones e injusticias. Donde se rompen los lazos sociales, el radicalismo encuentra terreno fértil.
No hay un misterio sencillo. La violencia no surge espontáneamente. Solo existen trayectorias.
La pobreza persistente, el confinamiento físico o mental, los traumas repetidos, la sensación de injusticia: estos factores no producen perpetradores mecánicamente, pero crean vulnerabilidades. Y estas vulnerabilidades, cuando no encuentran estructura, ni reconocimiento, ni una salida, pueden transformarse en ira, y luego en odio.
La obra de Ervin Staub es inequívoca: la violencia colectiva rara vez surge de un solo impacto. Tiene sus raíces en una acumulación. Una lenta sedimentación de frustraciones, heridas sin cicatrizar y narrativas de victimización que, en última instancia, estructuran una cosmovisión. En esta etapa, la violencia ya no se percibe como una desviación, sino como una respuesta.
Aquí es donde se produce el punto de inflexión. Cuando el individuo deja de verse como dueño de su propio destino y se convierte en víctima perpetua de un orden injusto. Cuando la humillación se convierte en identidad. Cuando el otro deja de ser un ser humano y se convierte en alguien responsable. Entonces, la lógica de la venganza se impone, casi de forma natural.
Las generaciones más jóvenes están particularmente expuestas a este fenómeno. No porque sean inherentemente más violentas, sino porque son más susceptibles a estas acumulaciones cuando no existe un marco estructurante que las contenga. En estos vacíos, florece la retórica radical, que ofrece una explicación sencilla, un enemigo designado y, sobre todo, una promesa de rehabilitación.
Pero seamos claros: comprender no justifica.
Nombrar las causas no borra la responsabilidad. Negarse a ver estos mecanismos, por otro lado, es impedir la propia acción. Porque la radicalización no surge de la nada; crece donde se deja el terreno desatendido.
Una sociedad que tolera la humillación, que trivializa la injusticia percibida, que permite que las frustraciones se acumulen sin salida, está preparando sus propias fracturas. Está creando las condiciones para aquello que luego dirá combatir.
Por lo tanto, la respuesta no puede basarse únicamente en la seguridad. Debe ser también moral, social y política. Debe restaurar la esperanza, restablecer el sentido de la justicia y reconstruir las conexiones y la estructura. No por ingenuidad, sino por lucidez.
Pero este mecanismo no se limita a sociedades frágiles o fragmentadas. A escala nacional, las heridas acumuladas también se convierten en narrativas poderosas. Algunos Estados las cultivan, las estructuran, las enseñan. Transforman la memoria de la humillación en una fuerza motriz política. China, por ejemplo, nunca ha dejado de recordar el «siglo de la gran humillación». Esta narrativa no es meramente histórica; es estratégica.
Une, legitima, proyecta. Y, sobre todo, traza una línea clara: nunca más.
Aquí, de nuevo, la clave no es juzgar, sino comprender. Entre una sociedad que permite que las fracturas se acumulen sin una narrativa compartida y un Estado que canaliza sus heridas para alimentar su poder, la diferencia es evidente. En un caso, la ira se disipa. En el otro, se transforma en fuerza de voluntad.
Las humillaciones nunca desaparecen del todo. Se acumulan, se cuentan y se transmiten. Pero llega un punto en que dejan de ser una carga; se convierten en fortaleza.
Pueden fracturar sociedades… o alimentar poderes.
Todo depende de lo que se decida hacer con ellas.