EDITO 21
Cuando la violencia se desborda
Comprendiendo qué lleva a las personas a cruzar la línea
Por Louis Perez y Cid
En ciertos contextos, la línea entre civil y combatiente se difumina. El 7 de octubre de 2023 fue una brutal muestra de ello. Pero estos cambios no surgen de la nada; forman parte de dinámicas humanas, sociales y políticas que la historia, así como la experiencia sobre el terreno, ayudan a esclarecer. Comprenderlas no es justificar, sino negarse a ver la violencia sin una visión clara.
En ciertos contextos, la línea entre civil y combatiente se difumina. El 7 de octubre de 2023 fue una brutal muestra de ello. Pero estos cambios no surgen de la nada; forman parte de dinámicas humanas, sociales y políticas que la historia, así como la experiencia sobre el terreno, ayudan a esclarecer. Comprenderlas no es justificar, sino negarse a ver la violencia sin una visión clara.
Los mecanismos de la violencia, más allá de la emoción
Los ataques del 7 de octubre de 2023 conmocionaron a la gente por su brutalidad. Pero más allá de la emoción legítima, plantean una pregunta más amplia, esencial para cualquiera interesado en los conflictos: ¿cómo llegan las personas comunes a participar en actos de violencia extrema, a veces contra civiles?
Contrariamente a una idea tranquilizadora, este fenómeno no es nuevo ni excepcional. La historia está repleta de ejemplos de civiles que participan en masacres, como en los Balcanes, Ruanda y otros conflictos donde la distinción entre combatientes y no combatientes se desdibuja.
La obra de Hannah Arendt demostró que la violencia masiva no se basa únicamente en "monstruos", sino en mecanismos cotidianos.
Stanley Milgram, por su parte, demostró la facilidad con la que los individuos pueden obedecer a la autoridad, incluso cuando ello implica dañar a otros.
Contrariamente a una idea tranquilizadora, este fenómeno no es nuevo ni excepcional. La historia está repleta de ejemplos de civiles que participan en masacres, como en los Balcanes, Ruanda y otros conflictos donde la distinción entre combatientes y no combatientes se desdibuja.
La obra de Hannah Arendt demostró que la violencia masiva no se basa únicamente en "monstruos", sino en mecanismos cotidianos.
Stanley Milgram, por su parte, demostró la facilidad con la que los individuos pueden obedecer a la autoridad, incluso cuando ello implica dañar a otros.
Sobre el terreno, se combinan varios factores.
En primer lugar, está la dinámica de grupo. En una multitud, la responsabilidad individual se desvanece. Los individuos actúan menos en beneficio propio que en beneficio de un colectivo, lo que desencadena comportamientos que no habrían exhibido individualmente. A esto se suma la deshumanización del adversario. Cuando el enemigo deja de ser percibido como un ser humano y se convierte en una amenaza o una abstracción, los límites morales se desdibujan.
Luego está el contexto. Ningún conflicto surge de la nada. El caso de Gaza ilustra la acumulación de factores: pobreza, confinamiento, traumas repetidos y un sentimiento de injusticia. Investigadores como Ervin Staub han demostrado que estos elementos alimentan una lógica de venganza y radicalización, especialmente entre las generaciones más jóvenes. Esto no justifica nada, pero explica en parte por qué algunas personas se radicalizan.
También debemos considerar la ideología y el adoctrinamiento. En todos los conflictos, los actores organizados explotan las frustraciones para movilizar a la población. El antropólogo Scott Atran nos recuerda que el compromiso no se basa únicamente en ideas, sino en lazos de lealtad y pertenencia; las personas actúan por su grupo, por sus seres queridos, a veces incluso más que por una causa abstracta.
Finalmente, un elemento a menudo subestimado desempeña un papel central: la humillación. Puede ser sentida o explotada. Alimenta la violencia como motor psicológico, pero también se convierte en un arma. Humillar al adversario causa impresión, provoca una reacción y, a veces, incluso une al propio bando. En muchos conflictos modernos, esta lógica es aceptada.
Queda una cuestión delicada: el papel de la población civil. Las imágenes de apoyo, silencio o ambigüedad generan interrogantes. Sin embargo, las ciencias sociales instan a la cautela. Entre el apoyo genuino, el temor a represalias y la presión social, los comportamientos rara vez son sencillos. Generalizar suele conducir a errores analíticos y callejones sin salida.
En última instancia, la violencia extrema no es producto de una sola causa. Surge de una compleja interacción de factores: contexto político, dinámicas psicológicas, estrategias de los actores y, a veces, la instrumentalización de la religión. Reducir estos fenómenos a una sola explicación, ya sea cultural o ideológica, nos impide comprender y, por lo tanto, anticipar eventos futuros.
Para quienes han vivido estas situaciones en primera persona, una realidad es innegable: la línea entre el orden y el caos es más frágil de lo que creemos. Comprender los mecanismos de la violencia no significa justificarla, sino negarse a someterse a ella ciegamente.
También es, quizás, una condición para contenerla mejor.
Luego está el contexto. Ningún conflicto surge de la nada. El caso de Gaza ilustra la acumulación de factores: pobreza, confinamiento, traumas repetidos y un sentimiento de injusticia. Investigadores como Ervin Staub han demostrado que estos elementos alimentan una lógica de venganza y radicalización, especialmente entre las generaciones más jóvenes. Esto no justifica nada, pero explica en parte por qué algunas personas se radicalizan.
También debemos considerar la ideología y el adoctrinamiento. En todos los conflictos, los actores organizados explotan las frustraciones para movilizar a la población. El antropólogo Scott Atran nos recuerda que el compromiso no se basa únicamente en ideas, sino en lazos de lealtad y pertenencia; las personas actúan por su grupo, por sus seres queridos, a veces incluso más que por una causa abstracta.
Finalmente, un elemento a menudo subestimado desempeña un papel central: la humillación. Puede ser sentida o explotada. Alimenta la violencia como motor psicológico, pero también se convierte en un arma. Humillar al adversario causa impresión, provoca una reacción y, a veces, incluso une al propio bando. En muchos conflictos modernos, esta lógica es aceptada.
Queda una cuestión delicada: el papel de la población civil. Las imágenes de apoyo, silencio o ambigüedad generan interrogantes. Sin embargo, las ciencias sociales instan a la cautela. Entre el apoyo genuino, el temor a represalias y la presión social, los comportamientos rara vez son sencillos. Generalizar suele conducir a errores analíticos y callejones sin salida.
En última instancia, la violencia extrema no es producto de una sola causa. Surge de una compleja interacción de factores: contexto político, dinámicas psicológicas, estrategias de los actores y, a veces, la instrumentalización de la religión. Reducir estos fenómenos a una sola explicación, ya sea cultural o ideológica, nos impide comprender y, por lo tanto, anticipar eventos futuros.
Para quienes han vivido estas situaciones en primera persona, una realidad es innegable: la línea entre el orden y el caos es más frágil de lo que creemos. Comprender los mecanismos de la violencia no significa justificarla, sino negarse a someterse a ella ciegamente.
También es, quizás, una condición para contenerla mejor.