El anciano del Campamento Kossei
Por Jean-Marie Dieuze
Estamos en Chad, en Yamena, en los terrenos del Campamento Kossei, una base aérea de las fuerzas francesas desde la década de 1960. A principios de la década de 1990, el calor era agobiante, lo aplastaba todo, incluso las certezas. Estuve desplegado en el 2.º Regimiento de Paracaidistas Extranjeros (2.º REP) durante la Operación Gavilán.
Recuerdo a este anciano como una presencia discreta y singular. Uno de esos rostros que ves a diario sin saber siempre su nombre, su historia, su origen.
Estamos en Chad, en Yamena, en los terrenos del Campamento Kossei, una base aérea de las fuerzas francesas desde la década de 1960. A principios de la década de 1990, el calor era agobiante, lo aplastaba todo, incluso las certezas. Estuve desplegado en el 2.º Regimiento de Paracaidistas Extranjeros (2.º REP) durante la Operación Gavilán.
Recuerdo a este anciano como una presencia discreta y singular. Uno de esos rostros que ves a diario sin saber siempre su nombre, su historia, su origen.
Un humilde empleado local de la Oficina de Correos Militares, no llevaba insignias de rango. Lo que una vez fue una chaqueta de uniforme apenas cubría su figura alta y delgada. En su pecho, condecoraciones con cintas desgastadas por el tiempo contaban una historia prestigiosa. Sus sandalias, tan antiguas como sus recuerdos, no dejaban rastro. El sonido de su voz seguiría siendo un misterio.
Su rostro moreno llevaba las marcas de un terruño africano antiguo y ancestral. La calvicie ganaba terreno, dejando solo unos mechones blancos, erizados como hierba quemada. El tiempo había arado su piel, la vida la había marcado, la guerra había dejado sus cicatrices. No solo se veía a un anciano: se leía el paso del tiempo.
Cada día, con inquebrantable dedicación, cuidaba los alrededores de la Oficina de Correos del Ejército. Gestos precisos, repetitivos, serios. No para ser visto, y mucho menos para ser elogiado. Simplemente porque era su deber.
Saludaba a todo el que pasaba, sin distinción de rango o posición. Este saludo no era anecdótico. No era para reírse. Todo lo contrario. Era, por su parte, una muestra de respeto por el ejército francés, por quienes vestían el uniforme, por lo que ese uniforme representaba. Con su misma humildad, inspiraba respeto a cambio.
Este hombre nunca renunció a sus compromisos, a su pasado ni a sus luchas.
Todo lo contrario: se mantuvo orgulloso. Orgulloso de sus medallas, orgulloso de haber servido a nuestra bandera tricolor, orgulloso de haber sido una humilde piedra en una estructura que lo trascendía. Lo expresaba con fuerza, en sus silencios, en su mirada.
Llevaba en sí algo más excepcional: la serena dignidad de quienes sirven sin exigir nada a cambio. La mirada directa de quienes aún se mantienen en pie. La serena nobleza de quienes la Historia ha marcado.
En él, como en tantos otros, había esa modesta humildad, esa serena nobleza, que ya no se percibe hoy, en un mundo ávido de olvido. Todos estos veteranos, sin duda, no merecen ser olvidados. Una nación que olvida a sus más humildes servidores pierde parte de su honor.
A él, el anciano del Campamento Kossei, le devuelvo hoy el saludo que ofrecía cada mañana.
Con respeto.
Con gratitud.
Y con esa tristeza lúcida que se siente ante las vidas humildes que la Historia ha borrado demasiado rápido, pero que la memoria, por su parte, debe mantener vivas.
Su rostro moreno llevaba las marcas de un terruño africano antiguo y ancestral. La calvicie ganaba terreno, dejando solo unos mechones blancos, erizados como hierba quemada. El tiempo había arado su piel, la vida la había marcado, la guerra había dejado sus cicatrices. No solo se veía a un anciano: se leía el paso del tiempo.
Cada día, con inquebrantable dedicación, cuidaba los alrededores de la Oficina de Correos del Ejército. Gestos precisos, repetitivos, serios. No para ser visto, y mucho menos para ser elogiado. Simplemente porque era su deber.
Saludaba a todo el que pasaba, sin distinción de rango o posición. Este saludo no era anecdótico. No era para reírse. Todo lo contrario. Era, por su parte, una muestra de respeto por el ejército francés, por quienes vestían el uniforme, por lo que ese uniforme representaba. Con su misma humildad, inspiraba respeto a cambio.
Este hombre nunca renunció a sus compromisos, a su pasado ni a sus luchas.
Todo lo contrario: se mantuvo orgulloso. Orgulloso de sus medallas, orgulloso de haber servido a nuestra bandera tricolor, orgulloso de haber sido una humilde piedra en una estructura que lo trascendía. Lo expresaba con fuerza, en sus silencios, en su mirada.
Llevaba en sí algo más excepcional: la serena dignidad de quienes sirven sin exigir nada a cambio. La mirada directa de quienes aún se mantienen en pie. La serena nobleza de quienes la Historia ha marcado.
En él, como en tantos otros, había esa modesta humildad, esa serena nobleza, que ya no se percibe hoy, en un mundo ávido de olvido. Todos estos veteranos, sin duda, no merecen ser olvidados. Una nación que olvida a sus más humildes servidores pierde parte de su honor.
A él, el anciano del Campamento Kossei, le devuelvo hoy el saludo que ofrecía cada mañana.
Con respeto.
Con gratitud.
Y con esa tristeza lúcida que se siente ante las vidas humildes que la Historia ha borrado demasiado rápido, pero que la memoria, por su parte, debe mantener vivas.
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