EDITO 28
Patriotismo francés,
2/3 Reconstrucción
Trilogía de Louis Pérez y Cid
Podríamos haber pensado que la cuestión del patriotismo había quedado relegada a un segundo plano, como un asunto antiguo, casi embarazoso. Sin embargo, resurge, sin previo aviso, a medida que el mundo se endurece.
La guerra ha alcanzado de nuevo las fronteras de Europa. Los equilibrios se tambalean, la incertidumbre se apodera de la sociedad y lo que parecía seguro —la paz, la estabilidad, el sentido de pertenencia— vuelve a ser una incógnita.
En este contexto, el patriotismo deja de ser una idea abstracta. Se convierte de nuevo en una cuestión concreta, que ya no se limita a nuestro origen, sino que se centra en lo que valoramos.
En el editorial anterior, intentamos comprender el patriotismo francés. Ahora surge la pregunta: ¿cómo reconstruir el patriotismo en la Francia actual? Reconstruir no se trata de «recuperar el pasado», sino de hacerlo habitable para el presente.
Pero primero, debemos saber de qué estamos hablando.
Patriotismo no es nacionalismo. Lo primero une, lo segundo confina. El patriotismo acepta la crítica, el nacionalismo la teme. En cuanto a la identidad, no se puede decretar; se construye, se transforma y, a veces, se debilita.
Confundir estos tres conceptos es condenar cualquier reflexión seria.
Si queremos reconstruir el patriotismo, primero debemos redescubrir lo que mantiene unida a una nación.
Ante todo, la educación. No puede idealizar ni infundir culpa, pero sí puede transmitir. Una narrativa nacional no es un catecismo; es una continuidad. Y debe ser accesible. Una sociedad que ya no sabe lo que fue tiene dificultades para comprender lo que es ahora.
Luego, el idioma. Es un vínculo silencioso pero crucial. Donde se debilita, el bien común retrocede. Compartir un idioma no se trata solo de comunicación; se trata de habitar el mismo mundo.
Y luego está la experiencia compartida. Una nación no se mantiene unida únicamente por principios, sino por la experiencia vivida. El servicio nacional, en una forma que requiere ser replanteada, cumplía este propósito: unir a las personas, desafiarlas, obligarlas a trascender sus propias limitaciones. Sin esto, el patriotismo se vuelve abstracto.
Pero estos fundamentos son insuficientes si no se conectan con la realidad.
La integración, ante todo. Ya no puede permanecer implícita. Ser francés no es una cuestión de estatus ni de origen. Presupone una lengua, códigos y un nivel mínimo de compromiso con aquello que cohesiona al conjunto. Sin exigencias, no hay pertenencia.
La soberanía, a continuación. El patriotismo sin una comprensión de la realidad se convierte en mera retórica. Decidir, proteger, controlar: sin estas capacidades, el apego al país se convierte en un conjuro.
Finalmente, debemos aceptar una verdad evidente que con demasiada frecuencia se ignora: una nación no es un espacio libre de tensiones. El conflicto no es su fracaso, sino su condición. Es esencial, sin embargo, que no conduzca a la fragmentación.
Entonces, lo que queda es lo esencial: la narrativa.
Ninguna nación perdura sin contar su historia. ¿Pero cómo? Demasiada nostalgia limita, demasiado olvido disuelve. Debemos mantener ambas cosas unidas, abrazar una historia compleja sin congelarla ni negarla.
Esta narrativa no puede limitarse al pasado. Debe expresar también lo que queremos lograr juntos. Porque no pertenecemos permanentemente a un pasado, sino a un proyecto.
Quizás aquí reside la clave. Un patriotismo moderno no será ni un reflejo ni una herencia automática. Debe ser comprendido, asumido, a veces debatido, pero sobre todo... compartido.
De lo contrario, desaparecerá, no por rechazo, sino por indiferencia.
Y una nación que ya ni siquiera es rechazada es, ya es, una nación abandonada.
Podríamos haber pensado que la cuestión del patriotismo había quedado relegada a un segundo plano, como un asunto antiguo, casi embarazoso. Sin embargo, resurge, sin previo aviso, a medida que el mundo se endurece.
La guerra ha alcanzado de nuevo las fronteras de Europa. Los equilibrios se tambalean, la incertidumbre se apodera de la sociedad y lo que parecía seguro —la paz, la estabilidad, el sentido de pertenencia— vuelve a ser una incógnita.
En este contexto, el patriotismo deja de ser una idea abstracta. Se convierte de nuevo en una cuestión concreta, que ya no se limita a nuestro origen, sino que se centra en lo que valoramos.
En el editorial anterior, intentamos comprender el patriotismo francés. Ahora surge la pregunta: ¿cómo reconstruir el patriotismo en la Francia actual? Reconstruir no se trata de «recuperar el pasado», sino de hacerlo habitable para el presente.
Pero primero, debemos saber de qué estamos hablando.
Patriotismo no es nacionalismo. Lo primero une, lo segundo confina. El patriotismo acepta la crítica, el nacionalismo la teme. En cuanto a la identidad, no se puede decretar; se construye, se transforma y, a veces, se debilita.
Confundir estos tres conceptos es condenar cualquier reflexión seria.
Si queremos reconstruir el patriotismo, primero debemos redescubrir lo que mantiene unida a una nación.
Ante todo, la educación. No puede idealizar ni infundir culpa, pero sí puede transmitir. Una narrativa nacional no es un catecismo; es una continuidad. Y debe ser accesible. Una sociedad que ya no sabe lo que fue tiene dificultades para comprender lo que es ahora.
Luego, el idioma. Es un vínculo silencioso pero crucial. Donde se debilita, el bien común retrocede. Compartir un idioma no se trata solo de comunicación; se trata de habitar el mismo mundo.
Y luego está la experiencia compartida. Una nación no se mantiene unida únicamente por principios, sino por la experiencia vivida. El servicio nacional, en una forma que requiere ser replanteada, cumplía este propósito: unir a las personas, desafiarlas, obligarlas a trascender sus propias limitaciones. Sin esto, el patriotismo se vuelve abstracto.
Pero estos fundamentos son insuficientes si no se conectan con la realidad.
La integración, ante todo. Ya no puede permanecer implícita. Ser francés no es una cuestión de estatus ni de origen. Presupone una lengua, códigos y un nivel mínimo de compromiso con aquello que cohesiona al conjunto. Sin exigencias, no hay pertenencia.
La soberanía, a continuación. El patriotismo sin una comprensión de la realidad se convierte en mera retórica. Decidir, proteger, controlar: sin estas capacidades, el apego al país se convierte en un conjuro.
Finalmente, debemos aceptar una verdad evidente que con demasiada frecuencia se ignora: una nación no es un espacio libre de tensiones. El conflicto no es su fracaso, sino su condición. Es esencial, sin embargo, que no conduzca a la fragmentación.
Entonces, lo que queda es lo esencial: la narrativa.
Ninguna nación perdura sin contar su historia. ¿Pero cómo? Demasiada nostalgia limita, demasiado olvido disuelve. Debemos mantener ambas cosas unidas, abrazar una historia compleja sin congelarla ni negarla.
Esta narrativa no puede limitarse al pasado. Debe expresar también lo que queremos lograr juntos. Porque no pertenecemos permanentemente a un pasado, sino a un proyecto.
Quizás aquí reside la clave. Un patriotismo moderno no será ni un reflejo ni una herencia automática. Debe ser comprendido, asumido, a veces debatido, pero sobre todo... compartido.
De lo contrario, desaparecerá, no por rechazo, sino por indiferencia.
Y una nación que ya ni siquiera es rechazada es, ya es, una nación abandonada.